Las flores de Murillo

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Con la llegada de la primavera y la explosión de azahar en las calles de Sevilla, la vida parece que vuelva a comenzar. Murillo vivió la Sevilla que despierta las flores con los primeros rayos de sol de la primavera, y las usó como símbolo en muchas de sus pinturas. Las flores, que ocupan siempre un lugar secundario en sus obras, quieren decirnos algo de una manera sutil. Vamos a repasar alguna de esas flores que parecen salirse del cuadro en las obras de Murillo.

Las rosas de San Francisco

En estos días hemos tenido que despedir a la exposición ‘Murillo y los Capuchinos de Sevilla’ que, con motivo del Año Murillo, ha estado hasta el pasado domingo en el Museo de Bellas Artes convirtiéndose en la muestra más visitada de la historia de la pinacoteca. En esa exposición hemos podido contemplar –tras su préstamo por Colonia y restauración en Sevilla- el imponente ‘El jubileo de la Porciúncula’. Era el cuadro principal del retablo de los Capuchinos de la Ronda que encargaron a Murillo. Si nos fijamos (aunque la exposición haya terminado, el cuadro seguirá en Sevilla unos años más), en la parte inferior y sobre los escalones, a San Francisco lo rodean una serie de perfectas rosas maravillosamente pintadas.

En ellas se encuentra la explicación al, a priori, extraño nombre del cuadro. Nos referimos a una escena de la vida de San Francisco de Asís, cuando se encontraba en el jardincillo que rodeaba a una pequeña capilla de piedra donde el santo se encontraba cómodo –hoy sobre ella se levanta la Capilla de Santa María de los Ángeles de Asís-. Dicen que en los jardines que la rodean, sintió el santo la tentación, y para evitarla se arrojó a un zarzal. Milagrosamente, cuando iba a caer sobre él, las zarzas se transformaron en un mar de suaves rosas sin espinas. De hecho, allí sigue creciendo una especie de rosa que no tiene espinas: la Rosa Canina Assisiensis. Murillo decidió representarlas como símbolo milagrosa de la intercesión de Dios por el santo.

También vemos una rosa a los pies del Niño Jesús que hemos podido ver en la ‘Santa Rosa de Lima’ de Murillo que se encuentra en la exposición de ‘Murillo y su estela’ en el Espacio Santa Clara. Allí, simbolizando el nombre de la propia santa, se acompaña con la frase que la monja recibió de Cristo: “Rosa de mi corazón, yo te quiero por esposa”.

La azucena o lirio de San Antonio

Cuando Murillo representa a San Antonio de Padua, siempre le coloca en la mano una vara de azucenas o lirios de San Antonio. Esta flor, que en Sevilla y hechas de forja coronan las cuatro esquinas del primer cuerpo de la Giralda, son asociadas a la pureza. En Murillo se utiliza no solo como símbolo de pureza asociado a la Virgen María –algunos ángeles las portan en sus manos a los pies de sus Inmaculadas-, sino también vinculadas a aquellos santos que conservaron su inocencia, como es el caso de ‘San Antonio de Padua y el niño’, también en el conjunto de Capuchinos.

La asociación de estas flores de blanca pureza a San Antonio se remonta, probablemente, al siglo XVII. Aunque cuando Murillo la puso en la mano del santo en el cuadro, no se había producido el milagro de 1680 ocurrido en el pueblo italiano de Mantesca de Agesso. Los devotos sustituyeron un lirio del campo artificial que tenía una imagen del santo en la mano y le colocaron uno natural recién cortado. Y dicen que aquel ejemplar se mantuvo fresco durante un año completo en la mano de San Antonio. Aún así, la vara de azucenas siempre se mantiene como recién cortada en las manos de los ‘San Antonio’ de Murillo, como una señal de la pureza que no murió a lo largo de la vida del santo italiano.

La palma del martirio

En la célebre ‘Santas Justa y Rufina’, mejor representación de las patronas trianeras y mártires alfareras, Murillo rodea a las dos mujeres de piezas de cerámica y coloca en la mano de una de ellas la palma. Si bien la palma no es la flor sino la hoja de la palmera, es un motivo vegetal recurrente como símbolo desde la época romana, cuando se asociaba con la victoria.

Dicen que el simbolismo cristiano del martirio podría venir de Asia, donde la palma se asocia con el oasis y la vida. También podría basarse en la creencia de que la palmera muere cuando da los frutos, una alegoría natural que se convierte en semblanza del mártir que da su vida y se sacrifica para la vida eterna. Las mismas palmas que abrieron camino a Cristo en su entrada a Jerusalén camino de su Pasión, como símbolo de la resurrección de los mártires. Esto también responde a un fragmento del bíblico ‘Libro de los Salmos’, donde se lee: “al igual que florecerá la palmera, así hará el justo”.

La flor como símbolo del tiempo

Nada representa mejor la fragilidad de la belleza ante el paso del tiempo como la flor. Repleta de vida en su máximo esplendor, en el cénit de su belleza, la flor va muriendo poco a poco perdiendo su belleza por completo y reduciendo sus pétalos a abono de la tierra insaciable. Es algo que podemos ver en una de las obras más ‘impresionistas’ de Murillo, la ‘Muchacha con flores’. En esta obra, que conserva la Dulwich Picture Gallery de Londres, estudiosos como Angulo han querido ver una representación del tiempo que acaba con la belleza. Las flores en el regazo de la chica, medio marchitas y con pétalos caídos, contrastan con las de su tocado, frescas y enhiestas. Valdivieso defiende que aquí Murillo no quiere hacer otra cosa que representar una alegoría de la primavera, de la frescura del tiempo de las flores con rostro de mujer joven.

Las flores de Murillo representan siempre más de lo que aparentan. Bien sea por un contenido religioso o como símbolo de la vida que se va en las manos del tiempo. Os invitamos a seguir descubriendo estos detalles en Murillo y que los compartáis con nosotros.

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