Los mensajes ocultos de la Caridad (II)

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Como ya os contamos en la anterior entrada que dedicamos al maravilloso Hospital de la Caridad, en la Iglesia de San Jorge hay una serie de maravillosas referencias que, si estamos atentos, nos hacen comprender de una manera totalmente visual y a través del arte lo que los hermanos de la Santa Caridad quisieron transmitir al mundo. Es la exposición de sus reglas fundacionales y de sus valores cristianos. Murillo tuvo muchísimo que ver en esta misión, para la que trabajó en una serie de lienzos espectaculares que recogen el espíritu de Don Miguel Mañara. 

Ya en el retablo maravilloso de Pedro Roldán analizamos el primero de los grandes mensajes que esta iglesia quiere transmitirnos: dar digna y cristiana sepultura al fallecido, representado en el traslado al sepulcro. Es la última de las llamadas “obras de misericordia” que hay repartidas por toda la iglesia. Aquí todo tiene un sentido, catequético y hermoso. Precisamente en el resto de obras de misericordia es Murillo el encargado de plasmarlas a través de ejemplos que tienen a los personajes del santoral o del Evangelio como protagonistas. Ocho encargos de Don Miguel Mañara al gran pintor sevillano. Vamos a repasarlos desde los pies de la iglesia y hacia delante.

Santa Isabel curando a los tiñosos

El claroscuro en este cuadro es algo casi divino. La cabeza del niño que está siendo atendido por la santa parece estar iluminada por luz artificial, pero todo es fruto de la maestría del pincel. Retrata esta obra a Santa Isabel de Hungría, que hizo construir en su palacio un hospital para atender a los enfermos que eran relegados fuera de las murallas y dados por perdidos. Normalmente eran enfermos de tiña, peste o lepra. La reina los atendía humildemente en persona con ayuda de sus doncellas, y en este cuadro Murillo nos plasma la obra de misericordia de no olvidar a aquellos que viven solos o que son marginados por la sociedad, sino acompañarlos y atenderlos.

San Juan de Dios transportando a un enfermo

Gran devoción tenía y tiene este santo de origen portugués que caló muy fuerte en la ciudad de Granada, aquel lugar en el que una aparición le dijo que “sería su cruz”. Lo fue, pero también el lugar en el que evangelizó a través del ejemplo y la humildad. Precisamente en Granada transcurre este cuadro profundamente barroco. San Juan de Dios vuelve una noche a su casa en Granada cuando halla a un enfermo tirado en la calle. Sin pensarlo, lo sube a sus hombros y se lo lleva a casa. Es entonces cuando se aparece un ángel diciéndole que aquel enfermo simboliza al mismo Dios. El mensaje de esta obra de misericordia es la obligación de recoger a los enfermos que hay en la calle y atenderlos sin miramientos.

La curación del paralítico

En esta obra de Murillo es notable la profundidad que toma el cuadro, desde el enfermo en escorzo del primer plano hasta el lejano ángel que planea sobre las arquitecturas clásicas del fondo. La obra de misericordia retratada aquí es la visita a los enfermos. Retrata la escena en la que Jesucristo encuentra a un paralítico en las cercanías de una piscina probática -se creía que sumergiéndose en las aguas de estas piscinas se podía hallar cierta sanación-. El enfermo no puede introducirse en las aguas por su discapacidad y nadie lo ayuda. Jesús no solo se acerca a ayudarle con sus apóstoles, sino que al trasladarlo, lo cura y le recupera la movilidad.

La liberación de San Pedro

Con el primer Padre de la Iglesia se ejemplifica la obra de misericordia de redimir al cautivo. Los hermanos de la Santa Caridad deben liberar a los prisioneros que han sido privados injustamente de su libertad, una proeza en sí misma. En esta escena de fuertes colores cálidos y composición maravillosa, un ángel entra en las mazmorras para liberar de sus cadenas a un San Pedro que había sido encarcelado por predicar la palabra de Cristo en tiempos difíciles. El ángel le abre la puerta de la celda mientras duermen los centinelas, y San Pedro puede volver a las calles a predicar la Buena Nueva.

Abraham y los tres ángeles

Murillo se traslada hasta uno de los patriarcas del Antiguo Testamento para retratar otra de las obras de misericordia: dar posada al peregrino. Atender al que no tiene techo, al que sufre las inclemencias del tiempo y el frío, darle un hogar y calor en el Hospital de la Caridad. La historia cuenta la llegada de tres ángeles a casa de Abraham disfrazados de peregrinos. El anfitrión los acoge, los alimenta y les cede su casa, por lo que los tres personajes revelan su verdadera naturaleza, y le prometen la llegada de su hijo Isaac a pesar de no poder tener hijos.

El retorno del hijo pródigo

Es una de las parábolas más conocidas de cuantas predicó Jesucristo para hacer llegar su mensaje a las masas. Esta parábola, como es ampliamente conocido, habla del hijo que dilapida la herencia de su padre y vuelve a casa sin nada. Y el padre en lugar de enfadarse, perdona al hijo de sus entrañas y pide que se organice una gran fiesta para festejar su regreso, dándole sus mejores ropajes y alimento. Con este cuadro, Murillo quiere representar la obra de misericordia de vestir al desnudo.

La multiplicación de los panes y los peces

Uno de los milagros más conocidos de Evangelio y que más ha dado que hablar, a pesar de que evidentemente no deja de ser una metáfora del acto de compartir: si cada uno pone lo que tiene al servicio de los demás, aunque sea poco, no tiene por qué haber hambre en el mundo. En este pasaje de los evangelios que pinta Murillo en gran formato apaisado -al igual que su gemelo del otro extremo del crucero-, podemos ver una multitud de detalles y, ojo, una amplísima y soberbia concepción de la composición pictórica y del dominio de la profundidad. En este cuadro la obra de misericordia representada es más evidente: dar de comer al hambriento.

Moisés haciendo brotar el agua de la roca

Vuelve Murillo al Antiguo Testamento, en concreto al libro del Éxodo, para representar la octava obra de Caridad que completa la serie junto al conjunto escultórico de Roldán. Se trata del momento en el que Moisés hace brotar agua de la roca durante la larga travesía de cuarenta años del pueblo de Israel por el desierto camino de la tierra prometida, una vez dejado atrás el Egipto que los tenía esclavizados. En esta obra, pareja a la anterior y de igual formato, Murillo plasma la obra de caridad de dar de beber al sediento.

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