La reconstrucción de los Murillos en el Convento de Capuchinos

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Murillo vivió una época en la que las órdenes monásticas solían acoger bajo su seno y protección a los pintores. Le pasó a Zurbarán con los cartujos y le pasó a Murillo con los franciscanos. No solo la Casa Grande de San Francisco –que ocupaba la hoy Plaza Nueva y de la que conservamos la Capilla de San Onofre y el Arquillo del Ayuntamiento-, sino también los que tenían su convento más allá de la Puerta de Córdoba. Para ellos y para su iglesia, hoy vacía de cuadros del pintor, creó Murillo hasta 20 cuadros. Desde este martes, podremos verlos juntos de nuevo en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Murillo pintó para el retablo nueve cuadros, cuatro para el presbiterio, seis para las capillas laterales y uno para el coro. En la imagen de arriba puedes verlos en su disposición original –en el museo se verán distintos al tener crucero la iglesia del Bellas Artes, antiguo Convento de la Merced, algo que la de los Capuchinos no tiene-. Realizados todos entre 1665 y 1669, vamos a pasar a conocer su historia por bloques.

El gran retablo

Nueve cuadros integraban el gran retablo y casi todos hemos podido verlos hasta ahora en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Los cuadros salieron del convento poco antes de que las tropas napoleónicas entraran en la ciudad para comenzar con el expolio. Por intervención del cabildo catedralicio, los monjes lograron poner las pinturas a salvo en Gibraltar, a donde llegaron tras una travesía hasta Cádiz en barco –solo tres se quedaron atrás, que fueron llevados por los franceses y luego devueltos-. Todos los cuadros del retablo volverían tras el fin de la invasión a Sevilla, exceptuando ‘La Santa Faz’.

Precisamente ese último cuadro es el más misterioso. Representando la efigie de Cristo plasmada en el paño de la Verónica, se ha mantenido hasta ahora en una colección privada, sin estar al acceso del público. En esta exposición, podremos verlo de vuelta en el lugar en el que iría colocado: sobre la ‘Virgen de la Servilleta’. También está en Sevilla el cuadro principal del conjunto, el llamado ‘Jubileo de la Porciúncula’, que viajó hasta Sevilla el verano del año pasado desde el Museo de Colonia para ser restaurado. Se quedará en Sevilla mucho más allá del Año Murillo, una década completa.

Como detalles, parece cuadrar poco la presencia de ‘Santas Justa y Rufina’ en el conjunto del retablo, pero es esa precisamente la advocación de la que toma el nombre el Convento de los Capuchinos de la Puerta de Córdoba, aunque no solamos llamarlo así. Completan el conjunto: ‘San Leandro y San Buenaventura’, ‘San Antonio de Padua con el Niño’, ‘San Félix de Cantalicio con el Niño’, ‘San Juan Bautista en el desierto’ y ‘San José y el Niño’.

Alfa y omega en el Presbiterio

Justo en la zona más próxima al retablo, y al no tener esta iglesia nave transversal, se situaban otras cuatro obras del pintor sevillano. Los dos de gran formato representan el inicio y el fin de la vida de Cristo. Por un lado, ‘La Anunciación’, una inspirada obra de Murillo en la que juega con la luz y el color de una manera magistral. Al otro lado de la iglesia, el contrapunto tenebroso lo pone ‘La Piedad’, en la que la madre se lamenta con el cuerpo del hijo muerto en el regazo. Observamos que este último tiene una forma diferente a su gemelo, algo que algunos autores justifican por un corte en siglos pasados debido probablemente al mal estado de la parte superior de la pintura. En algunos grabados podemos aún ver cómo era completo.

Respecto a los otros dos cuadros que se encontraban en una zona superior del presbiterio, se trataba de ‘San Miguel Arcángel’ y del ‘Ángel de la Guarda’. El primero estuvo desaparecido mucho tiempo, hasta que hace unos treinta años pasó a formar parte de un museo de Viena que lo ha cedido a Sevilla para la ocasión. El segundo, que también ha sido cedido al museo, se puede encontrar habitualmente custodiado en la Catedral de Sevilla.

Seis grandes obras para las naves laterales

Murillo no descuidó ni mucho menos el proyecto iconográfico de las dos naves laterales. Seis cuadros realizó de diversa temática para decorar estas capillas secundarias. Dos de estos cuadros repiten la escena de dos del retablo mayor, los que ocupan el tercer cuerpo en las calles laterales.

En la Nave del Evangelio –la de la izquierda si miramos la iglesia desde los pies- se encontraban tres lienzos de gran formato. ‘San Antonio de Padua y el Niño’, de una tremenda ternura, ocupaba la primera capilla; la Concepción de Nuestra Señora con el Padre Eterno ocupaba la segunda, donde se afirma que se encontraba el Sagrario; y en la tercera capilla se situaba la hermosa pintura de ‘San Francisco abrazado con Cristo crucificado’. Los tres se conservan en el Museo de Bellas Artes.

En la Nave de la Epístola –la de la derecha mirando la iglesia desde los pies-, se situaba otro trío de obras de altura. En primer lugar estaba ‘La adoración de los pastores’; seguido de ‘San Félix de Cantalicio con el niño en brazos’ –otro cuadro repetido en la temática en el retablo mayor-; y ‘Santo Tomás de Villanueva dando limosna a los pobres’. De este último, dicen algunos autores que Murillo lo llamaba “su cuadro”, por el esmero con el que está pintado, sobre todo la figura del pobre que está recibiendo la limosna, con una pierna en un escorzo en el que merece detenerse, por parecer que se sale del cuadro. Estos tres cuadros también se encuentran desde la desamortización del convento en el siglo XIX bajo la protección del Museo de Bellas Artes.

La gloria en el coro

Pero la segunda inmaculada de esta iglesia y la más notable es, sin duda, la que se encontraba en el coro, a los pies de la iglesia. Hablamos de la Inmaculada ‘Niña’ o ‘del Coro’. Con un rostro especialmente juvenil, esta representación de la Inmaculada Concepción es un tesoro que guarda el Museo de Sevilla en contrapunto a la soberbia representación de la Inmaculada ‘Colosal’, que hasta ahora ocupaba el sitio del ‘Jubileo de la Porciúncula’ en el museo y que proviene de la extinta Casa Grande de San Francisco.

‘La Niña’ está basada en una doncella, en la que algunos autores se han aventurado a reconocer a la propia hija de Murillo, que ingresó en un convento. A sus pies, una multitud de angelitos portan en sus manos los símbolos de las Letanías.

A partir de este martes 28 de noviembre este conjunto podrá verse al completo en el Museo de Bellas Artes, acompañados de multitud de documentos, bocetos y dibujos relativos a todas estas obras. Una oportunidad única para revivir cómo era el proyecto completo del Convento de Capuchinos de Sevilla. Y recuerda que en nuestro apartado de actividades puedes encontrar visitas guiadas a esta exposición llevada a cabo con el aval de buenos profesionales.

@MiguelPerezM

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